En busca de un Periodismo del Bien Común

‘Érase un periodista a una nariz pegado’

(@Su_Urruti)

Image: David Horsey

El ‘laboratorio de periodismo’ que, de cuando en cuando, organiza la Asociación de Prensa de Madrid (APM) tenía ayer un color especial. La sesión, en la que se dirimía el papel del periodista en una Era en la que la materia prima de la profesión -la información- se ha erigido en protagonista, se abrió con un casual comentario de la presidenta de la APM, Carmen del Riego, que bien podría ser interpretado como una negra metáfora: desde la mesa de ponentes, abrumada por el inesperado número de periodistas e interesados que en esta ocasión inundaban la pequeña sala, Del Riego comentó graciosamente: “Como siga llegando gente vamos a tener que acabar saliendo nosotros [los periodistas]” . De vuelta a casa repesqué mentalmente aquel comentario al que nadie habría dedicado nunca un ‘tuit’. Las palabras de la presidenta, me dije, ejemplificaban sin querer la inseguridad latente de un gremio que, incapaz de encontrar su ser y su sentido en los nuevos tiempos, saca las uñas para mantener su denostado ego ante el espejo, incapaz de ver más allá de su propia y fenomenal nariz: érase un periodismo, que podría haber dicho Quevedo, a una nariz pegado.

Ayer dejé la calle Juan Bravo con la sensación de que los periodistas, como los políticos, estamos perdiendo el tren del mañana. Y no porque no haya espacio en él para nosotros (tenemos reservados unos cuantos vagones), sino por nuestra propia tozudez y, sobre todo, por nuestro miedo a lo que no sabemos entender. Ayer en la APM se acusó a las audiencias de ser las causantes de la poca calidad de los contenidos de los medios. “Si son sensacionalistas”, se dijo, “es porque así lo demanda el público” (“sólo hay que mirar qué noticias son sistemáticamente las más leídas”, se argumentó). El periodista, se lamentó, ha caído del púlpito desde el que marcaba la agenda y ahora se ve sometido a los designios de unas redes sociales a las que -entre líneas- se tildó de ignorantes y populistas. Se calificó al periodista ciudadano de “intruso” (en el peor de los casos) y de “fuente” en el mejor.  Se dieron vueltas y vueltas al viejo debate sobre la nefasta formación de los periodistas. Y, en definitiva, se buscó al ‘enemigo’ en todas partes, menos en casa (salvando las voces críticas de Pau Llop, Berzosa y Josu Mezo).

Quiero empezar mi contraargumentación recuperando una imagen de Antoni Gutiérrez-Rubí -consultor de comunicación política- que me ha inspirado mucho. Metafóricamente, Antoni suele dividir a las personas entre aquellas que ya “han saltado la valla” y quienes no lo han hecho. Existen ciertas palabras  que descubren inmediatamente a quienes no han dado el salto y que provocan convulsiones en quienes les esperan al otro lado: una de esas palabras es “intrusismo”. En mi primera tesina, en la que trato este ‘choque de mentalidades’, hablo de cómo existen una serie de códigos, diseñados durante el industrialismo, que están siendo contrarrestados por la emergencia de otros nuevos (y opuestos a ellos) desde hace más de una década. La definición de espacios cerrados fue una constante en el período que dejamos atrás, al que pertenece la figura del ‘profesional’ y durante el que se acuñaron otros conceptos como el de  ‘copyright‘. Las dos figuras, esenciales para el correcto funcionamiento del engranaje capitalista, están más relacionadas de lo que parece: la un ‘privatiza’ un conocimiento, sobre el que el profesional se erige en ‘autoridad’; la otra hace lo mismo con una ‘obra’ o creación. Mantener estos espacios vigilados de ‘intrusos’ es fundamental para que el ejercicio de la competencia pueda realizarse y para (en definitiva) poder seguir ganado dinero.

Pero, hete aquí, que las cosas han cambiado, y no sólo para los periodistas. La batalla de los profesionales de la información contra los ‘periodistas ciudadanos’ es la de los fotógrafos contra los fans de ‘Instagram‘, la de los políticos contra las multitudes participantes y la de los activistas contra los ‘clicactivistas’ (por citar sólo un puñado de ejemplos). La pulsión por la apertura de los espacios es un fenómeno global que sigue, naturalmente, a la sobreabundancia de información y a la existencia de cauces por los que la vieja ‘masa’ es capaz de conocerse a sí misma interactuando. Periodistas, políticos y fotógrafos siempre hemos sabido que nuestros conocimientos adolecían de lagunas (deberíamos sospechar de quienes no lo hayan hecho) que podían ser cubiertas por otros -con ‘carnet’ o sin el-. En la Era de la Información, hemos topado con nuestra propia ignorancia (en el sentido más sano de la expresión). Muchos hemos descubierto que, como decía Berzosa, “por muy brillantes que seamos nunca vamos a poder competir con la brillantez colectiva”. Tenemos la oportunidad de abrirnos a ese incuantificable capital humano y enriquecer la profesión con el: por el bien de todos. Desde esta perspectiva, enrocarse en una actitud defensiva, tildando a todo aquel que podría aportar algo a la profesión como ‘intruso’ o ‘ignorante’ no parece una elección muy madura.

¿La ‘salida’ del periodismo? Por la puerta de la empresa

En este sentido, mi sensación es la de que tenemos que repensar completamente la profesión, empezando por el mismo concepto de periodista ¿Cuántos periodistas quedarían en nuestro país si los entendiéramos como personas apasionadas, cualificadas, defensoras obstinadas de los valores democráticos y debidas a la sociedad en la que desarrollan su labor? : probablemente muy pocos. En algunos casos, lo mencionados valores escasean: ¿Es Mariló Montero, que recientemente afirmó -conservando un admirable rictus de seriedad en su rostro- que los órganos tenían alma, una periodista? (y no estoy pensando en su formación como profesora) ¿Lo son los periodistas de Intereconomía cuando, torticeramente, manipulan la realidad a su antojo? ¿Es un periodista del corazón un periodista? Al margen de estos casos -más o menos extremos- todos sabemos que existe (por suerte) un gran número de estupendos profesionales que, muy a su pesar, tampoco encajarían en la definición que encabeza este párrafo. Y no porque no quieran: sino porque no les dejan. En los últimos años he tenido la suerte de trabajar con muchos de ellos en distintas redacciones. Y en sus miradas siempre descansaba el pesar, más o menos asumido, de que ciertas  cosas “son como son” y que lo único que les cabía a ellos era hacer su trabajo “lo mejor posible” dentro de sus criterios y esperar que (con un poco de suerte) “los de arriba” no se los pisoteasen una vez más.

Y en este punto llego al quid de la cuestión: el dinero. Me viene a la cabeza una de las lecciones de la ética hacker: la pasión y la vocación casan mal con el capitalismo. Como apasionado de su profesión, el auténtico periodista nunca va a encajar en la gran empresa mediática. Aunque existen unos límites (más estrechos en unas empresas que en otras) que no se pueden menospreciar, el modelo de negocio vigente impone que, ante un conflicto entre valores o creatividad y dinero, este último siempre ganará la partida. El modelo de negocio está en la raíz misma del problema que enfrenta el periodismo porque no está en su naturaleza asimilar las dinámicas de la nueva sociedad. No quiere hacerlo y (en muchos casos) ni siquiera puede porque eso implicaría perder dinero. Los ciudadanos saben eso y reniegan de los medios, restándoles cada vez más legitimidad. En su lugar, otorgan su confianza a la información que les brindan otros ciudadanos (blogueros, tuiteros...). Muchos de ellos tan apasionados, comprometidos y diligentes que casi parecen periodistas. 

Los periodistas (‘oficiales’) sólo pueden soñar con tener la libertad de los amateurs. Muchos estarían encantados de compartir su trabajo con otros periodistas, o incluso abrirlo a las aportaciones de los ciudadanos: se aligerarían sus cargas, sus investigaciones serían mucho más incisivas y completas y el servicio a la sociedad (que es de lo que, se supone, se trataba esto) sería inmenso. Todos saldríamos ganando. Sin embargo, ningún periodista en su sano juicio haría nada de esto porque implicaría tirar piedras contra su propio tejado, entre otras cosas, ‘regalando’ información a la competencia. La existencia de este ‘techo de cristal’, que impide al periodismo realizarse como tal, prueba las limitaciones que como sociedad nos impone un modelo que ya está haciendo aguas y que debe ser renovado.

¿Qué salidas tiene, entonces, el periodista? ¿Cuál es su papel en la Era de la Información? A mi juicio, las señales apuntan a que, a medio plazo, por donde primero hay que salir es por la puerta de la (gran) empresa, como bien nos ha enseñado Clark Kent. Esta afirmación puede sonar un poco abrupta (mi intención es investigarla durante los próximos años). Pero creo que existen buenos indicadores que apuntan a la futura emancipación del periodista de la gran empresa que, ERE tras ERE, no hace sino cavar su propia tumba. Existen ya periodistas que,  al contrario que sus medios, gozan de un gran prestigio en las redes sociales. Muy a menudo estos perfiles no se corresponden con las ‘grandes figuras’ a quienes todos conocemos: son humildes ‘plumillas’ que han sabido ganarse la confianza de sus audiencias porque las escuchan y se relacionan con ellas. La marca personal, en definitiva, se impone sobre la del grupo mediático, de la que se sospecha sistemáticamente. Por otra parte, existen periodistas que ya están obteniendo financiación de su audiencia. Como los anteriores, gozan de la reputación que les otorga su talento y su respeto al público, que percibe que son más confiables que la empresa mediática. Los repetidos éxitos de variadas campañas de crowfunding prueban que la gente paga por aquello que le parece bueno y necesario. Y los periodistas (reales) son, como siempre lo han sido, indispensables ¿Lo son los grandes conglomerados de medios? Mi sensación es que no. En un tiempo en el que lo concentrado tiende a distribuirse, los ‘centros’ de periodismo y el propio ejercicio del ‘periodismo de masas’ están perdiendo su sentido: se impone un periodismo sostenible.

Decía Carmen del Riego aquello de que “como siga llegando gente vamos a tener que acabar saliendo nosotros (los periodistas)”. No debería ser así. No al menos si reaccionamos y escuchamos lo que esas ‘masas’ (ya nunca más pasivas) nos están diciendo a gritos. Si no lo hacemos, los ciudadanos nos darán la espalda, como ya se la están dando a los políticos, y satisfarán sus necesidades informativas a nuestro margen.

9 thoughts on “‘Érase un periodista a una nariz pegado’

  1. Pingback: Un periodismo que no ve más allá de su nariz

  2. Sensacional artículo Susana. Lo firmaría yo mismo si fuera capaz de explicarlo tan bien como tu lo has hecho. Desprende un optimismo y una ilusión plenamente justificadas pese al contexto en el que se enmarca, un equilibrio tan bien argumentado que me cuesta imaginar una enmienda siquiera parcial con argumentos al mismo nivel.

  3. ¡Muy buenas compañera!

    Lo primero, felicitarte por el artículo. Me gusta la manera en la que lo has escrito y comparto en gran medida la opinión que expresas en el texto.

    Ya en mi blog puse (en diferentes post) mi punto de vista al asunto que planteas (http://plink.es/crhn, http://plink.es/crho y http://plink.es/crhp). No sé qué futuro le espera al periodismo, pero tampoco a la comunicación en general. ¿Quién nos iba a decir que en un teléfono móvil la gente se iba a enganchar a navegar por internet? ¿Quién se podía imaginar hace unos años que algo parecido a ‘Twitter’ podía tener tanto éxito? Nadie. Y es lo que pasa ahora, que nadie tiene la respuesta de hacia dónde va nuestra profesión.

    La realidad actual es muy triste: no hay medio de comunicación que no se haya al menos planteado la posibilidad de hacer un ERE. La fuerte caída de los ingresos publicitarios, unido al descenso del número de lectores/oyentes/televidentes (en gran medida por lo que dices de falta de credibilidad) conlleva a muchos grupos mediáticos a reducir su personal. Lamentablemente los jefes siguen y encima cobrando más…

    Como te digo, no sé cuál será el futuro del periodismo, pero sí el presente: coincido contigo en lo de la marca personal del periodista. Recuerdo en un curso sobre redes sociales que hice hace dos años en la Universidad Europea de Madrid que uno de los ponentes nos dijo que ‘un periodista no podía permitirse el lujo de no tener un blog’. Reconozco que aquella reflexión me incitó a abrir la bitácora que tengo ahora mismo (‘Pensando en voz alta’), pero es asombroso ver que otr@s compañer@s no han visto que nuestra promoción pasa a diario por escribir en WordPress o Blogspot, hacer postcast, llevar siempre consigo una cámara de fotos y subirlas a Flickr, actualizar tu CV en Linkedin y agregar a tu red a cuantas más personas mejor… y sí, a hacerte una página profesional en Facebook (además de tu perfil personal) y a usar Twitter de manera eficiente (informando, dando noticias de lo que ves en ese momento por la calle. Habrá algunas que serán importantes y otras que no, pero como bien dices, lo realmente importante es interactuar con tus seguidores, y que se hagan fans de tus tweets. Eso te creará poco a poco una marca que te puede ayudar a ganar dinero sin más esfuerzo que aprovechar el potencial que hoy tiene internet).

    Por supuesto, Facebook, Twitter y las demás redes sociales no estarán ahí toda la vida. Eso es lo que me lleva a no poder contestarte qué camino seguirá el periodismo. Ahora bien, creo que no hay que negar los avances, y lamentablemente en los laboratorios de la APM que asistí creo que la mayor parte de los que daban su opinión no se daban cuenta de que los tiempos cambian. Uno no tiene que dejar de estudiar y de aprender una vez que termina su carrera, sino que debe seguir formándose. Todo cuesta y es un esfuerzo que parece que nunca tiene fin… pero efectivamente, así es, uno no deja de aprender algo nuevo todos los días.

    Ya para terminar, decirte que sigue en pie mi idea de emprender en el periodismo. Me gustaría poner en marcha un periódico digital en Asturias

  4. He leído con cuidado el texto y también tu tesina. Creo que en el análisis faltaría incluir un punto importante: la idea de escasez frente a la idea de abundancia. O, formulado de otra manera, la existencia de la larga cola y los costes marginales cercanos a cero del coste del almacenamiento de datos y su transmisión en red (aunque los costes de ancho de banda son importantes, son perfectamente asequibles para que cualquier voz pueda difundirse). Te enunciaré mi visión de las consecuencias de esto para la profesión periodística.

    La primera es que el periodismo y el periodista son una especie de anomalía producto de la era de la escasez: en la era industrial las barreras de entrada para producir prensa (son de escala, hace falta acumular capital para disponer de imprentas y redacciones, etc.) y las barreras legislativas (concesiones para el empleo del espectro) conducen a que sólo unas pocas personas tienen la suerte o privilegio de poder publicar/difundir, y muchas menos las que tienen el poder de decidir lo que se publica/difunde. Algo que es, a la vez, una lógica económica (no cabe todo en el papel, no se pueden publicar todos los libros sino los que se espera vender) y una lógica de control político: se puede imponer una agenda ideológica.

    A esto último, presentado como búsqueda de la verdad y la transparencia es a lo que la profesión periodística se ha acostumbrado, generando un halo de inevitabilidad y, con perdón, presuntuosa creencia de que sus habilidades profesionales garantizan o garantizaban una agenda política (porque, al final, el periodismo que se echa de menos va de política, lo que pase con la información taurina no le estremece a nadie).

    Al desaparecer la escasez, resulta que cualquier persona, competente o incompetente, puede hacer lo que realmente hacían los periodistas cuando estaban solos: el tratamiento crítico de la información. Llámalo datos. Los datos, además, son ubicuos: casi todas las personas e instituciones son fuente y publican información. En la era de los buscadores, el rastreo de la información abierta, permite conectar hechos y datos que tienen capacidad de revelar hasta la información que se quiere ocultar. Resumiendo: la información son datos alcanzables, la capacidad de análisis de esos datos es de alta complejidad para hacerse bien… y el periodismo, como actividad clásica de tratarlos, no tiene capacidad de abarcarlo todo como hacía (esa centralización a la que tanto te refieres en la tesina).

    Así, lo esencial para la democracia y la pugna política es la posibilidad de crítica y análisis de la acción política y de los datos. Si estos pueden ser tratados sin barreras de acceso a la difusión, veremos que la presencia del periodista como profesional de la síntesis y como demiurgo que decide “jerarquizar” la información (esa obsesión tan industrial que repite hasta la saciedad el discurso universitario y profesional sobre la necesidad vital de que el periodismo “exista”) convierten los fundamentos del oficio en algo obsoleto, resolviendo la anomalía explicada al principio.

    Existen organizaciones que nunca hemos llamado periodismo, pero que, sin embargo, se destapan como tratantes de información con rigor (también, sin rigor) y análisis crítico y prospectivo: desde cualquier think tank, empresas de inteligencia de negocio, análisis sociológico, las propias universidades, las mismas empresas mercantiles, etc. etc. Por no hablar de los bloggers especialistas. Es decir, nunca como ahora, encontrar personas que explican o cuentan la realidad con una mirada crítica ha sido tan accesible como hoy. La sofisticación de un The Economist se parece mucho a los informes de una consultora de geoestrategia. Y, qué curioso, también prestan estos servicios.

    Por tanto, lo que está en crisis es el negocio de empresas informativas que ya no pueden alcanzar con rigor todas las temáticas que solían tratar y que en el espacio centralizado y distribuido mucha otra gente, sobre todo junta, hace mejor. Dada su escala – industrial – no es que no puedan ingresar, es que no pueden sostener sus estructuras. Y el profesional de ese espacio escaso, se encuentra impedido de competir sin disponer de algo que le haga diferente para aportar a esas redes.

    A nadie le preocupa que la blogosfera de cocina, inmensa y con recursos inagotables que ninguna empresa editorial ha podido en el pasado hacer por sí misma, destruya el negocio de libreros con libros de recetas. Pero el “periodismo” está muy preocupado porque ese mismo fenómeno a la hora de hablar de economía, política, cultura y deportes (aunque esto, caray, es sólo un espectáculo, incluidos los medios que lo tratan) destruye sus puestos de trabajo y fuentes de ingresos. No, simplemente, se termina con una anomalía.

    Empresas que se organicen para vender análisis de datos (que, se quiera o no, siempre tienen “un punto de vista”) existen y van a existir, pero sólo la intervención e imposición de barreras legales y anticompetencia pueden evitar que desciendan de escala: eso es conseguir que Google pague por indexar, por ejemplo. O dar subvenciones para sostener periódicos o que publiquen en dos idiomas. O sostener televisiones públicas inviables.

    El fenómeno se agrava no porque el público sea sensacionalista, sino porque para poder sostener estas empresas informativas actuales hace falta escala y hoy reunir escala de audiencia sólo puede hacerse por el mínimo común denominador del gusto o la preferencia: lo banal suma audiencia que es lo que paga la publicidad, lo no banal se distribuye descentraliza en miles de verticales y microaudiencias que se sostienen por subscripciones de personas que lo necesitan mucho o por el amor del fan. Es decir, la propia escala de la empresa informativa industrial expulsa hacia fuera lo que tradicionalmente se ha considerado el valor de la prensa: esa información que se llama de “calidad” pero que no es otra cosa que minoritaria. En serio, los periódicos vendían mucho por los anuncios por palabras y por la programación de tele.

    Todas estas discusiones son sólo otro estadio más en la descomposición del industrialismo y su conversión en informacionalismo. El periodista es un empleado de fábrica, el método de producción que sustituyó a oficios como el de alfarero: alguien que hacía piezas únicas, nunca perfectas, en un pequeño taller a un coste muy superior al de las que permitían las economías de escala de una fábria y que hoy apreciamos lo que tenía de orgullo de obra propia, pieza única y acercamiento al cliente. La información no volverá a ser tratada por fábricas ni empleados de fábricas, sino por talleres de artesanos que, con la fuerza de la digitalización, pueden alcanzar espacios pequeños pero que, unidos sin barrera geográfica por las redes, permite hacer rentable lo que no era para la escala industrial.

    Perdón por la extensión.

    • Buenos días Gonzalo. En primer lugar, darte las gracias por tu interesante y extenso comentario, con el que estoy enormemente de acuerdo. La imagen de la ‘fábrica’ periodística es una de mis favoritas: está claro que los grades conglomerados mediáticos son hijos de una época (el industrialismo) cuyos modos, muy inspirados en esa fábrica (jerarquía, masificación etc) ya no son los de nuestra Era, en la que el motor inspiracional es la dinámica red (diversificación, horizontalidad etc). En este sentido, coincido en que las (grandes) empresas no tienen sentido en el nuevo cuadro y creo que caminamos hacia un mundo en el que la información será cada vez más multifocal. Elegiremos a través de quiénes (personas) y no de qué (empresas) queremos informarnos. Me guardo tu metáfora del artesano, que viene muy al caso. Un saludo

  5. Muy buen artículo. Excelente.

    Sin embargo, no soy tan positivo y optimista como tú en cuanto al futuro de la profesión (sobre todo, en lo que se refiere a profesión). ¿Va a ser posible vivir de esto? ¿Va a poder hacerlo tanta gente como lo hace ahora?

    Es cierto que empieza a funcionar el crowfunding, las donaciones, etc… pero al final casi no deja de ser caridad. La gente te paga porque le apetece, no porque haga falta. En Internet puedes leerlo todo, lo que quieras. No se le pueden poner puertas, y por lo tanto no se puede cobrar entrada.

    Por muy bien que hagas las cosas, por muy bien que escribas, por muy bien que informes, es muy difícil sacar dinero informando en Internet. La forma de sacarle dinero es generar el suficiente nombre como para ir a tertulias y esas cosas, pero ese mercado está repleto y me cuesta creer que ese formato vaya a sobrevivir toda la vida.

    En este sentido, y en respuesta a Gonzalo Martín (que hace un comentario excelente también), que compara al periodista con el alfarero, hay que tener en cuenta que lo que produce el alfarero solo puedes adquirirlo si vas al alfarero y se lo compras. Tiene límites. La información no.

    Por otro lado, los periodistas tienen que hacer autocrítica, y gorda. Que un blogger (que escribe por amor al arte, en su tiempo libre, después de ir a trabajar, mientras prepara la comida de su hijo el día siguiente) haga mejores informaciones que profesionales que cobran por ello, es para hacérselo mirar. Y hay muchos. Es cierto que en ocasiones es culpa de la empresa, que reduce personal pero exige el mismo trabajo (por lo que toca a más cada uno, lo que repercute en la calidad), pero otras veces no. El tema de ser un vendido también hay que mirárselo. Vamos, que hay que revisarlo todo de arriba abajo.

    En cuanto al compañero PuxaPali (muy buen blog, por cierto) me parece muy interesante lo que proponer, pero tampoco veo una utilidad real (€€€). Es evidente que ahora podemos crear nuestra propia firma, nuestro propio nombre (de hecho, debería ser un punto imprescindible en la universidad, como comento en mi blog http://desdelaverbena.wordpress.com/2012/10/25/periodismo-universidad-inutil/), pero ¿va a traducirse en trabajo? ¿Vas a poder sacar el suficiente dinero como para vivir de ello? Lo veo complicado.

    Al final, en mi imagen el periodismo aparece como un hobby, algo que la gente va a hacer en su tiempo libre, salvo unos pocos privilegiados, que quizá sean los mejores. Por la mañana trabajas, y por la tarde/noche escribes todos los días sobre algo que te apasiona, de lo que sabes, y que te da un pequeño sobresueldo. Como ser entrenador de fútbol o algo así.

    • Hola Javier, disculpa el retraso en contestar (estoy un poco desbordada). La cuestión que apuntas es muy interesante y será uno de los puntos clave de mi investigación. Hay una frase que me gusta mucho en esa línea “¿cómo como de los commons?”. Los fenómenos que en diferentes ámbitos (ocurre también en el cultural o en el desarrollo de software) están empezando a florecer son, en esencia, incompatibles con el modelo capitalista basado en la competencia y la escasez. Y sin embargo, no cabe duda de que aunque nuestro ‘espíritu’ esté cambiando, nuestro cuerpo social aún es capitalista y además se conserva en muy buena forma. Dicho metafóricamente, creo que lo que vamos a presenciar en los próximos años es un conflicto entre nuestro cuerpo / alma social: el continente se ha quedado escaso para las aspiraciones del contenido. Mientras esa situación dure (y creo que durará muuuucho tiempo) viviremos en un limbo en el que tendremos que encontrar soluciones conciliadoras a corto plazo: el crowfunding es una de ellas, pero no la única. Saludos.

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